lunes, 25 de diciembre de 2023

Leyendo en los ojos de mi madre. 


    Lo primero que recuerdo son los ojos de mi madre mirándome como libros abiertos, con su hermosa sonrisa, sus labios que se abrían grandes en canción y el mundo se llenaba de cosquillas y colores. 

“Duerme, duerme, negrito, que tu mama está en el campo, negrito, duerme, duerme, mobila, que tu mama está en el campo, mobila(...) Y si el negro no se duerme, viene el diablo blanco y zas le come la patita, Chicapumba, chicapumba, apumba, chicapumba.” 

Luego llegaban :Los patitos, Negrito sandía, El rey de chocolate y más, Los cuentos de Archie, El Capulinita...


Pero lo que más me emocionaba, siempre fue cuando mi madre, ante mis ojos, se convertía en niña y me narraba sus aventuras, las de la niña con mejillas de manzana, que corría por las milpas, atravesaba ríos y sorteaba peligros como aterradoras serpientes. 


A través de sus ojos conocí la vida en el campo, el sufrimiento, el dolor, la carencia, también la alegría, la libertad, el amor. 

En sus historias, ella tejía en mí, sin saber, una necesidad de correr de salir y conocer el mundo, de vivir mis propias historias y con el tiempo esa misma necesidad por contarlas. incontables voces llenan mi acervo, día a día me encuentro con cientos de historias, algunas maravillosas, otras trágicas, unas negras y otras blancas y una que otra, bastante roja, sea cual sea el sentido del rojo, pudiera ser sangrienta o colorada, con ese picor que a veces las historias contadas de boca en boca y a la boca nos dejan. 


Siempre me remonto a las historias de mi madre, envolventes como el mejor de los cuentos, sabrosas como el mejor de los chismes y ahí me entero de donde surgió mi mejor cualidad, la de escucha, si en algo me considero bueno, muy bueno, es en escuchar, en saber poner atención, en hacer las preguntas indicadas o los comentarios atinados, pero lo más importante en dar ese sentido de empatía y compañía, de que las palabras no se van al vacío, si no que alguien las escucha, las recibe y les da sentido, haciendo vivir las historias. 


Para contar hay que saber escuchar, es la habilidad del chismoso y un contador no es más que un encantador metiche, a veces mentiroso, que nos cuenta historias que sus ojos vieron, que sus oídos atraparon. 


Me quedo con esa tenue luz de un foco desnudo, un techo de lona, en un cuarto muy pequeño, rodeado de cajas de zapatos, mis hermanas de fondo leyendo, una libros de texto, la otra revistas, mi padre llegando de jugar fútbol, yo en brazos de mi madre viendo sus ojos, abiertos y brillantes contándome aquella vez que entro a robar elotes a una milpa. 


Sus pupilas se dilatan, cuando me dice que por poco la atrapan, pero ella corrió más fuerte y antes de llegar a su casa, segundos antes, ahí estaba, frente a ella, una víbora erguida viéndola fijamente. 
A veces me pregunto si las historias serán verdaderas o aderezadas con pequeñas mentiras, sonrío al recordarme a mí mismo, frente a unos niños, contando las mismas historias fantásticas. 

“Que se me hace, que usted, nos cuenta puras mentiras señor” 

Me dice un niño, le sonrió, me acerco y le digo 

"Y a poco no les cuento, las mentiras más bonitas." 


Aún, aún la escucho, su voz que es mi voz, sus ojos que son mis ojos, su boca abriéndose grande y contando caricias y colores, contando una historia que encierra todas las historias.

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